Quinto Día Online | Viernes de un Andariego

Viernes de un Andariego

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7 octubre, 2016 | 7:35 am

Olmedo Lugo

Tal como está ocurriendo entre nosotros con el “chavismo” -prácticamente un régimen en caída libre y que solo anticipa su segura extinción-, también los colombianos, gente con mucha templanza cívica, se negaron a convalidar los llamados acuerdos de paz negociados en La Habana y ahora –los avatares del destino-, las fuerzas del mal se han quedado nuevamente con los “crespos hechos”. De poco sirvieron los esfuerzos del presidente Santos y su gobierno para convencer a sus compatriotas de la supuesta y muy discutible bonanza que acompañaría la firma del acuerdo y las inéditas modalidades que como secuelas de ello aparejaría. Mayoritariamente, y en medio de una costosa campaña publicitaria a nivel mundial, los colombianos, todos abiertos al logro de una paz verdadera y con justicia, después de más de medio siglo de guerra, desestimaron los mecanismos y consecuencias que traería consigo la firma del acuerdo festinado por anticipado y con presencia de una legión de dignatarios mundiales. Dicen que el modelo escogido no fue el más apropiado por los márgenes de impunidad que, en pago de la estela de sangre, violencia y terror que propiciaron los hombres de las FARC, se convinieron. El hecho de garantizar protagonismo político a los figurones de la guerrilla y descuidar el siniestro tinglado que tenían con el narcotráfico, llevaron a los electores a convertir la iniciativa de paz en deslucida morisqueta.

“-Santos –comenta el amigo- se anticipó demasiado en el festejo que promovió en Cartagena. Invitó a un baile, pero las parejas no asistieron, tal como lo demostró el evento plebiscitario. El ex-presidente Uribe, el incordio más grande que ha encontrado en su caminata por el poder, le ganó la partida y ello en contra de lo que pronosticaban todas las encuestas de opinión.”

Por supuesto que ahora llegaron los tiempos de las explicaciones y también de los lamentos. La necesidad de paz ha sido totalmente reivindicada por todos los colombianos, pero ese tema, aún con la permisividad demostrada por el gobierno de Santos, tiene que ser reconstruido en su totalidad porque nunca será fácil para quienes perdieron a los suyos, destruyeron sus bienes y decretaron muchas décadas de violencia y terror, permitir pasivamente una variada gama de indulgencias que les exonere de culpas.

En su tumba, donde reposan sus restos –nadie a ciencia cierta sabe su ubicación-, el “comandante eterno” seguramente está amasando su desconsuelo por los resultados del plebiscito. Y es que muy pocos como él asumieron en su tiempo la defensa de la guerrilla colombiana. Lo hizo en todos los escenarios imaginables y siempre reivindicando su condición de combatientes libertarios. Por supuesto, en sus cansonas y repetitivas peroratas, habitualmente los exoneraba de culpas en cuanto a sus acciones sangrientas y brutales, donde el secuestro se convirtió en paradigma. Tampoco hacía referencia a los conocidos vínculos con el narcotráfico y sus perniciosas consecuencias para sus compatriotas. Esos hombres de las FARC eran para Chávez hermanos de causa, y por ende, siempre tenían abiertas las fronteras a nuestro territorio.

Dios tarda pero no olvida.