Quinto Día Online | Venezuela y Argentina, con algunas coincidencias
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Venezuela y Argentina, con algunas coincidencias
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Quinto Día
Redactor.1@quintodia.net
9 marzo, 2018 | 12:00 am
Hacia fines de los años setenta, un expresidente de Venezuela habló con el que escribe, en su casa de la urbanización Altamira, en Caracas, para afirmar que el país estaba encaminándose hacia su eventual destrucción. Unos treinta años después, y luego de un importante aumento en los índices de pobreza, el país decidió abandonar los partidos políticos tradicionales y eligió como presidente a Hugo Chávez Frías en 1998, quien había tratado de derrocar (sin éxito) al gobierno de turno pocos años antes. Chávez fue reelecto en el 2006 y 2012, pero falleció en el 2013, a los 58 años de edad.
De todos modos, comenzando el año 2003 se había iniciado un sostenido aumento en el precio del petróleo, el principal ingreso de Venezuela. El precio promedio de exportación había sido de 19 dólares en 1996, pero alcanzó 85 dólares por barril entre 2008 y 2014. Fueron siete años de extraordinaria abundancia, que el gobierno pensó que se prolongaría indefinidamente. Se nacionalizaron haciendas, se expropiaron industrias, pero también se crearon las llamadas misiones bolivarianas que redujeron momentáneamente los índices de pobreza y mejoraron la calidad de vida. No obstante, también se observó un aumento en la corrupción y criminalidad. A partir del 2015, los precios comenzaron a reducirse, sin embargo, en gran parte debido al aumento de unos 2 millones de barriles diarios en la producción de Estados Unidos, que hizo retroceder la “cesta” venezolana a unos 37 dólares en el 2015 y 2016.
Curiosamente, y a pesar del aumento en los precios ya citado, la deuda externa total de Venezuela también había aumentado hasta 110 mil millones de dólares, mientras las reservas habían disminuido a la mitad, ubicándose en menos de 10 mil millones (New York Times, 08/04/2017); ni tampoco se pensó en crear un fondo soberano para emergencias. La muerte de Chávez obligó a una elección en el 2013, que favoreció estrechamente a Nicolás Maduro, recomendado por el mismo Chávez y por el gobierno de Cuba. Pero, he aquí que el nuevo gobierno ha actuado como si nada hubiera sucedido. No se tomaron medidas de austeridad; no se pensó en eliminar o modificar el control de cambio -existente desde el año 2003- que hubiera permitido inversiones desde afuera. Solamente se redujeron (hasta en un 80%) las importaciones, y el país se precipitó en una crisis sin precedentes en la historia de la República.
Un descenso interminable por cuatro años consecutivos en el producto interno bruto; una inflación galopante, calculada por el Fondo Monetario en 2600% en el 2017 y estimada en 13000% para el 2018; un aumento en la pobreza e inseguridad; destrucción del aparato productivo; desabastecimiento de alimentos y medicinas y el colapso de nuestra compañía petrolera: la falta de inversiones y un pobre mantenimiento de los yacimientos se ha reflejado en una baja en la producción de un 20%, hasta 1.6 millones de barriles diarios en el año pasado (fue de 3.2 millones en 1999). Según el New York Times (28/12/2017), la refinación estaría operando a un 20% de su capacidad, con 76 unidades paralizadas; según Oil Market Report (19/01/2018), operar a una capacidad de 380 mil barriles diarios (en el cuarto trimestre) se considera casi imposible, desde un punto de vista operacional. Esta fuente también asegura que solo 50 taladros estuvieron activos en diciembre pasado, mientras se necesitan por lo menos 100 taladros activos para detener un descenso en la producción. ¿Cuál ha sido entonces la reacción de la ciudadanía? Algunos están buscando alimentos en la basura que eliminan los restaurantes; otros han decidido emigrar: se estima que la “diáspora” venezolana puede haber llegado a 3 o 4 millones. Así es como Venezuela, el país más rico de América Latina hace unos 50 años y cuyo nivel de vida podía compararse al Reino Unido, según la revista inglesa The Economist, ha terminado el año 2017.
Ahora bien, la Argentina que conoció el que escribe, a comienzos de los años cuarenta del siglo XX, estaba considerada entre los 10 países más prósperos del mundo, por encima de Canadá. Si bien la política comenzaba a preocupar el ambiente luego del fallecimiento de Marcelo Alvear (Perón fue electo por primera vez en 1946), todavía existía el gran diario La Prensa, con sus editoriales que parecían estar escritos por un juez de la Corte Suprema (según el New York Times); ya estaba funcionando el subterráneo de Buenos Aires (algo insólito en la época); las líneas ferroviarias construidas por los ingleses; la calle Florida con sus negocios; la calle Lavalle con sus cines; los clubes de golf y tenis; la “máquina” del River (un equipo de fútbol); el famoso hipódromo de césped de San Isidro y la comida, con la mejor carne del mundo. La prosperidad de su economía agropecuaria estaba siendo impulsada por la fertilidad de sus pampas, y había creado una clase media vigorosa con un gran número de inmigrantes italianos y españoles. Sin embargo, el principio de su decadencia había comenzado: para fines del 2016, el índice de desarrollo humano a nivel mundial de Argentina se encontraba en el puesto 45.
¿Qué había sucedido? Según el historiador Félix Luna (Breve historia de los argentinos, 2009), Perón habría afirmado luego de la elección en 1946 que era casi imposible caminar por el Banco Central por la cantidad de lingotes de oro que existían, debido a la riqueza que la Segunda Guerra Mundial había proporcionado a la “neutral” Argentina. La riqueza desapareció luego de la política “eufórica, nacionalista, estadista y populista” (Félix Luna p.191 y 203), pero también desapareció el paludismo y se desarrolló una ayuda social sin precedentes a través de la Fundación Eva Perón (quien falleció en 1952). Perón fue reelecto en 1951 con el 62% de los votos, pero derrocado en 1955, luego de un sangriento golpe cívico-militar. Según Félix Luna, Perón no se preocupó demasiado por haber dilapidado la riqueza durante su primer gobierno, asegurando -cuando comenzó la guerra de Corea, en 1950- que una “tercera guerra mundial” era inminente, y Argentina sería nuevamente favorecida.
El peronismo fue proscripto por un tiempo, pero legalizado nuevamente en 1973; Perón regresó del exilio, pero falleció en 1974, a los 79 años. De allí en adelante comenzó una pugna continua entre las fuerzas armadas y el peronismo. Un golpe militar, en 1976, instaló una dictadura que duraría ocho años e implantaría un terrorismo de Estado pocas veces visto, con secuestros y torturas. A partir de 1976, la deuda externa aumentó de 7 mil millones de dólares hasta 45 mil millones en 1983; más tarde en 1998, comenzó una recesión económica que duró cuatro años y los índices de pobreza alcanzaron el 56% de la población. Pero en 2003, Néstor Kirchner, del partido peronista (o justicialista) fue electo presidente, y el país comenzó una lenta recuperación: se canceló la deuda con el Fondo Monetario, se redujo el desempleo y la inflación y el Producto Interno Bruto se triplicó entre 2003 y 2007. Kirchner fallece sorpresivamente en el 2010. Su esposa, Cristina, gana las elecciones presidenciales del 2011 con el 54% de los votos. Su gobierno logró avanzar en cuanto a reducir pobreza y el desempleo, pero a partir del 2012, comenzó un periodo de dificultades económicas, con una inflación del 30% y altos impuestos para exportación de productos agrícolas (trigo, maíz, soya). Finalmente Mauricio Macri fue electo presidente en la segunda vuelta electoral de las elecciones del 2015, con mandato hasta el 09/12 del 2019. Se inicia, entonces, una etapa de cambio completa de orientación, retornando a un proyecto neoliberal de una época ya lejana. Macri podría ser reelecto en el 2019, y gobernar hasta finales del 2023.
Así, mientras la situación política y económica sigue deteriorándose en Venezuela (al momento de escribir), Argentina podría estar en un periodo inicial de recuperación. Según The Economist (20/01/2018), el “grandualismo” inicial ha sido exagerado, pero los cambios fueron aceptados por la mayoría en las elecciones para el Congreso en octubre pasado (el nuevo partido “Cambiemos” obtuvo el 42% de los votos contra un 36% de la combinación kirchnerismo-peronismo). Se estima un aumento del 2.5% en la economía para el 2018, y un déficit en el PNB de solo el 2% para el 2020. La inflación fue del 25% en el 2017, los impuestos han sido reducidos y una ley de emergencia económica, vigente por 16 años, ha sido eliminada. Además, la inversión privada aumentó en 17% en el 2017 y se anticipa un aumento similar para este año. Pero los cambios más severos serían ejecutados en los últimos dos años del segundo periodo; es decir, en el 2022 y 2023, suponiendo que el actual presidente sea reelecto en el 2019… y cuando Argentina podría, quizás, compararse con lo que fue hace 100 años.
Venezuela aún no ha comenzado una recuperación que implique cambios casi totales en su economía. Pero el plazo podría ser más corto: se trata de un país más pequeño con una gran riqueza natural; el petróleo, aún muy vigente, aun la mercancía más comercializada del mundo, que impulsa la economía global (la Exxon-Mobil ha estimado un aumento en la demanda mundial hasta 112 millones de barriles diarios para el 2040, desde 99 millones en el 2018, que procederá de los esquistos, productos líquidos del gas natural, aguas profundas y petróleo “mejorado” desde la faja petrolífera del Orinoco y desde las arenas de Athabasca). Pero Venezuela también podría descubrir nuevos yacimientos de petróleo convencional en el golfo de Venezuela y el delta del Orinoco. Ya veremos.
*El autor fue gobernador de Venezuela ante la OPEP, entre 1984 y 1989.