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Un ilustrativo testimonio
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3 marzo, 2017 | 12:00 am
Luis Beltrán Petrosini
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El asueto de carnaval invita al disfrute de la relativa tranquilidad que se apodera de la urbe capitalina. Olvidemos por unos días algunos de los carnavalescos hechos ocurridos recientemente, como las vacaciones de un “pran” en Margarita y el funcionamiento de una supuesta agencia bancaria en el interior de un penal. Nada mejor que aprovechar tales condiciones, percatarse de que la ocasión es propicia para desprenderse, aunque sea temporalmente, de la fastidiosa cotidianidad de la política vernácula y proceder a la lectura de algunas obras que desde hace tiempo reposan sobre la mesa de trabajo a la espera de ser digeridas. Pero debo confesar que me fue particularmente apasionante releer dos libros del gran escritor húngaro Sándor Márai, cuyas obras se toman al desgaire y posteriormente no pueden ser abandonadas hasta terminarlas.
Márai fue un gigante de la literatura centroeuropea. Prohibida su prolífica obra por el régimen soviético, fue prácticamente descubierto después de su muerte, acaecida en 1989 en la ciudad norteamericana de San Diego, donde se había radicado después de salir de su Hungría natal al terminar la Segunda Guerra Mundial, cuando ya la opresión comunista le hacía imposible la existencia a un creador como Márai. Las dos obras a las que haré referencia, Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!, constituyen una autobiografía donde, en la primera de ellas, a través de la narración de las circunstancias que vive la próspera y confiada burguesía húngara del primer cuarto del siglo XX, nos dibuja un mundo idílico donde la cultura y la tolerancia son innatas, pero se ven interrumpidas de pronto ante el asesinato del heredero del trono de los Habsburgo en Sarajevo y el inicio de la Primera Guerra Mundial. A partir de ese momento comienza su peregrinaje por Europa Occidental, lo que le permite observar el deterioro moral de un continente entregado a la frivolidad que no percibe los vientos de odio que comienzan a soplar. Y quizás en esa narrativa autobiográfica podamos encontrarle explicación a su célebre frase: “Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes”.
Pero es en ¡Tierra, tierra! donde Márai nos dota de una maravillosa obra literaria que resulta indispensable para poder entender la pérdida de espiritualidad sufrida por la Europa del siglo XX y el olvido de sus valores más preciados, pero sobre todo la insólita indiferencia de los europeos occidentales ante la bolchevización de millones de seres que eran libres y que no querían ser literalmente esclavizados por el comunismo. La ocupación alemana de su país y la posterior “liberación”,-¡vaya ironías de la vida!- por parte de las fuerzas soviéticas constituyen el eje de una narrativa que nos muestra el horror sufrido por un pueblo que ya desde muy temprano había decidido ser occidental y cristiano y que de pronto se ve sumido en una verdadera hecatombe cultural y social. Resulta verdaderamente desgarradora la descripción de cómo la perversidad de la ocupación nazi termina siendo superada, aunque pareciera inconcebible, por el tenebroso sistema opresor soviético en su brutal secuestro del pueblo húngaro.
Sus críticas al comunismo soviético son devastadoras y constituyen el verdadero retrato de un sistema que no fue más que una vulgar farsa, además de un estruendoso fracaso. Sentía que en su Hungría se formaba una suerte de telaraña que poco a poco cubría la vida entera y que “cada día esa tela se iba volviendo más espesa, más pegajosa… Quien no la ha conocido no puede imaginar cómo es la técnica de la telaraña. La araña, mientras teje esos hilos que acabarán asfixiándolo todo, acaparándolo todo, trabaja en perfecto silencio. Lo que era natural ayer -la existencia de distintos partidos políticos, la libertad de prensa, la vida sin temor, la libertad de expresión individual- seguía existiendo al día siguiente, pero había perdido sangre y vigor… Porque la araña pretendía eso: succionar a la víctima todo lo que tuviera de amor propio y dignidad… Los nazis se contentaron con poco, con la aniquilación física de sus víctimas. Los comunistas querían otra cosa, querían algo más; exigían que la víctima se mantuviera con vida y que festejara y celebrara el régimen que estaba aniquilando su conciencia y su amor propio”. Terrible testimonio que es útil para refrescar la historia y encontrar coincidencias que hoy explican muchas situaciones.
La historia nos demuestra que los tres más graves problemas que han azotado a la humanidad han sido la hambruna, las epidemias y las guerras. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, una suerte de orden liberal basado en la cooperación entre naciones comenzó a tomar espacio en la geopolítica y prevaleció en buena medida sobre el interés individual de cada país. Esto influyó notablemente en que la humanidad experimentara una enorme disminución en esas tres plagas. Hoy, el humano promedio tiene mayores probabilidades de morir a causa de un exceso en su alimentación con comida chatarra que por una sequía, una epidemia o un ataque terrorista. Por supuesto que persisten problemas, pero en una escala muy inferior a lo que el mundo había conocido. Me pregunto si ese orden liberal-democrático que ha beneficiado a buena parte de la población mundial corre ahora un grave peligro ante la embestida de radicalismos extremos que pueden repetir la experiencia, narrada por Márai, que sufrió la sociedad europea, enferma de frivolidad y extraviada de sus valores espirituales fundamentales. Sólo el tiempo nos aclarará tales interrogantes.
En fin, estimados lectores, se trata de un autor que vale la pena leer y que nos puede ayudar a entender las circunstancias del presente, tanto en el mundo como en Venezuela.