Quinto Día Online | Sobre decisiones complicadas

Sin categoría

Sobre decisiones complicadas

AUTOR
Quinto día Old
webquintodia@gmail.com

24 julio, 2014 | 1:05 pm

Los acontecimientos de los últimos días nos dejan un cúmulo de sensaciones pavorosas. El crimen del alcalde de Río Caribe es otro espantoso suceso que confirma la impudicia del mensaje oficial según el cual “el problema de la inseguridad es algo que los medios han inventado”. El tratamiento que se le ha dado a la esposa del comisario Simonovis -cuando, de acuerdo con sus declaraciones, para el momento en el que escribo esta nota nadie le ha informado dónde se encuentra su marido ni el mal que le aqueja- es algo que realmente abruma y sobrecoge a cualquier ciudadano, por más indiferente que sea. Este par de ejemplos de lo que ya constituye nuestra cotidianidad contribuye a confirmarnos la sensación de que vivimos en una auténtica barbarie y de que estamos lejos de abandonar el oscurantismo de épocas aciagas que creíamos superadas. Pareciera que el caos y la anarquía que asoló el país doscientos años atrás, en aquel fatídico 1814, no es muy diferente de los que vivimos en este año catorce del siglo XXI. Muchos de los que ya entramos en lo que se conoce como tercera edad -ese simpático eufemismo con el que se intenta disimular la realidad de la vejez- en algún momento de la vida estimamos que paulatinamente nos íbamos asomando al primer mundo. Pero resulta que en este momento, el actual, en lugar de dar el salto al futuro sentimos que nos precipitamos al barranco del más absoluto atraso. No existe otra manera de describir lo que cada día experimentamos en nuestro quehacer habitual cuando esa ristra de calamidades que azota a la sociedad venezolana ya constituye una auténtica epidemia.

En las circunstancias existentes, prever el giro y el desarrollo de la situación política y económica del país no resulta sencillo. Las incógnitas surgen una tras otra cuando tratamos de escudriñar el posible desenlace de esos hechos. En lo político, tenemos una oposición tozuda que pareciera no entender lo obvio, que definitivamente sólo la unidad es capaz de ofrecer una opción real ante el inmenso poder de un gobierno al que ya no le importa presentar abiertamente su flanco totalitario, en clara violación de fundamentales principios constitucionales, por lo que ya es perfectamente válido considerar su talante como el de una verdadera dictadura. Y esa oposición, quizás por esa falta de unidad, no ha sido capaz hasta ahora de presentar una propuesta de proyecto de sociedad distinto y que, además, le resulte creíble al país.

El lado del oficialismo comienza a lucir fracturas que debilitan el piso político del Gobierno, tal como quedó demostrado hasta la saciedad con el reciente proceso de elección de representantes al congreso del PSUV. Y el mejor ejemplo que confirma la magnitud de esa fractura es la incompatibilidad entre las opciones propuestas por los distintos factores del oficialismo para solventar el enorme problema económico que sufre el país, probablemente el que más agobia a los venezolanos y que, casi con absoluta certeza, promueve el incremento de otros flagelos que también nos azotan a diario.

Desde hace ya varios meses el supuesto nuevo jerarca de la economía nacional, el ministro Ramírez, ha venido anunciando algunos de los lineamientos de lo que se estima será la base de una nueva política económica. En realidad, no ha hecho más que reconocer que lo implementado hasta ahora es un absoluto fracaso, pues no hay otra interpretación posible ante los rumbos propuestos, diametralmente opuestos a los establecidos en los últimos años. Temas como la necesidad de un ajuste cambiario que contribuya a erradicar las inmensas distorsiones que muestra la economía nacional, el reordenamiento de las finanzas públicas y la necesidad imperiosa que tiene el Gobierno de incrementar sus ingresos por la vía tributaria, el problema del precio de la gasolina en el mercado interno, la recuperación de un aparato productivo nacional llevado a la ruina, son algunos de los temas objeto de discusión interna en el oficialismo, que delatan que el Gobierno no gobierna, ya que no es capaz de tomar de una vez las decisiones indispensables para devolverle al proceso económico las condiciones mínimas para la recuperación del país.

Lo único cierto es que, como resultado de las políticas económicas llevadas a cabo, nos parecemos cada día más a la isla de la felicidad. En ella, hay dos clases sociales claramente definidas: de un lado, los miembros de la nomenclatura y aquellos privilegiados con familiares en el exterior que tienen la capacidad de enviarles productos y divisas; del otro, los que no forman parte de ninguno de esos grupos y que viven en la absoluta miseria. Aquí está comenzando a ocurrir algo parecido. Los venezolanos con acceso a divisas fuertes viven en el país más barato del mundo, mientras que aquellos que no las tienen sobreviven a duras penas en el lugar más caro del orbe. Si usted posee dólares que cambia a 70, usted es un potentado. Si no los tiene y necesita obtener productos a ese tipo de cambio, usted es un indigente. Es la cruda realidad.

Con absoluta sinceridad confieso que si tuviera la más pequeña esperanza de que este régimen pudiera llegar a proporcionarle una mejor calidad de vida a los desamparados de este país, me convertiría en su más ferviente partidario. Pero la realidad es otra: con este régimen, aquellos no solo se reafirmarán en su condición de desamparados sino que el número de ellos aumentará ostensiblemente.

Luis Beltrán Petrosini