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12 enero, 2018 | 12:00 am

Hildegard Rondón de Sansó

Es indudable que los procesos históricos importantes sean el escenario de obras literarias, a través de las cuales la ficción nos permite conocer las realidades que dichos procesos presentaron. Con respecto a los refugiados del siglo XXI, aun no han sido expuestos a través de la novelística contemporánea. Es sabido que en la historia de la humanidad, pocos procesos han sido tan crueles y dolorosos como el que es objeto de nuestro análisis.

Podríamos hablar de dos tipos de refugiados: los que tuvieron que abandonar su territorio nacional por causas bélicas, como es el caso de los habitantes del Medio Oriente; y el de quienes huyen de sus propios países por mejoras económicas, y al hacerlo penetran en forma clandestina en otros territorios.

Hasta hace poco tuve en mis manos la última novela de Isabel Allende, Más allá del invierno, en la cual ella intenta reproducir el drama de los refugiados centroamericanos en los Estados Unidos, en especial de los guatemaltecos, narrando algunas circunstancias del largo proceso de su incursión en las fronteras norteamericanas. En efecto, la obra aludida no pasa de ser un intento apegado a la trama novelística del texto, que no tuvo la intención ni el logro, obviamente, de desarrollar el tema de los refugiados.

¿En qué forma las organizaciones internacionales se han enfrentado al problema de los refugiados?

Al término de la Segunda Guerra Mundial surgió Acnur, una organización humanitaria global, como una agencia de las Naciones Unidas para los refugiados. Este organismo lo creó en diciembre de 1950, el Alto Comisionado para los Refugiados, vigente por tres años y, en julio de 1951, fue adoptada la Convención de las Naciones Unidas sobre el Estatuto de los Refugiados.

Acnur tuvo que enfrentar la llegada masiva de refugiados, cuando las fuerzas soviéticas en 1956 aplastaron la revolución húngara. Así mismo, en 1960, la descolonización de África generó la primera de múltiples crisis de refugiados en ese continente, que han requerido su intervención. En las dos décadas siguientes, Acnur ayudó en las crisis de desplazamiento en Asia y América Latina. Al inicio del siglo XXI, ha debido ayudar a los refugiados en África, en la República Democrática del Congo y Somalia, y en Asia, especialmente, en la situación de refugiados en Afganistán.

En 1954, Acnur ganó el premio Nobel de la Paz por la ayuda a los refugiados en Europa y, de los 34 funcionarios que lo integraban actualmente, cuenta con más de 9 mil 700, lo cual revela la extensión del drama humano que significan los refugiados.

Ahora bien, ¿es suficiente una entidad cuyas decisiones carecen de fuerza vinculante, para enfrentarse al problema de los refugiados? La respuesta parece ser negativa. Es así como está presente la tragedia de las familias en Siria que sufrieron horrores debido al proceso bélico del Medio Oriente, pero más grave es el caso de los eternos desplazados de sus propios países, en los cuales se carece de la más elemental tutela de los derechos humanos, lo cual significa para los desplazados el ideal de la organización constituida por la democracia política, la tutela de los derechos humanos fundamentales y la protección económica de quienes carecen de empleo y de las condiciones elementales para obtenerlo.

Indudablemente que es éste el gran problema del siglo XXI, cuya solución está en el cambio de la dirección política que han de tener los Estados ultra desarrollados frente a los pobladores carentes de los servicios básicos, y ansiosos de poseerlos.

Cabe, dolorosamente preguntarse: ¿Existen refugiados venezolanos?