Quinto Día Online

En 1.907 toda Venezuela era un hervidero de rumores y furtivas consignas en relación a una conjura que tramaban seguidores y acólitos del General Juan Vicente Gomez. Aprovechaban que Cipriano Castro, el entonces presidente, sufría de una grave afección prostática, para reemplazarlo con Gomez quien era su compadre. Uno de los principales conspiradores era su primo Eustoquio Gomez quien había viajado a Caracas huyendo de un juicio por homicidio. De carácter violento y aficionado a las parrandas, al poco tiempo ya escandalizaba a todos en la capital por sus borracheras y guapetonerias, algo que culminaría en uno de los asesinatos mas sangrientos y canallescos que conociera la aldeana Caracas de comienzos del Siglo XX.

El 27 de enero de 1.907 cerca de las 4 de la tarde la ciudad se encontraba alarmada pues Eustoquio andaba borracho de bar en bar y acompañado por dos coroneles cometían toda clase de abusos dentro de un popular botiquín llamado: “La Zaragozona” en la esquina de Principal. De allí salieron en un coche abierto tirado por dos caballos gritando vivas al General Gomez rumbo a otro local ubicado en Puente Hierro y con el sugestivo nombre de “Bois de Boulogne”. Allí el escándalo fue tal que provocó varias denuncias ante la Prefectura pues en dicho bar: “todos estaban borrachos, armados y bailando entre sí: “hombre con hombre”. En aquellos días era Prefecto de Caracas el General Domingo Antonio Carvajal, un hombre correcto y fiel cumplidor de la ley. Así que, y enterado de la identidad de quienes escandalizaban en aquel bar de Puente Hierro, envió a poner orden a un destacamento de 50 agentes de policía. Al mismo tiempo informaría al Gobernador de Caracas, General Luis Mata Illas de lo que estaba sucediendo. Illas, quien se encontraba de visita en casa de un amigo al enterarse del problema intuyó que un enfrentamiento entre la autoridad civil y militares borrachos, pendencieros y armados podría degenerar en algo muy grave. Por eso decidió acudir al lugar del escándalo y conversar personalmente con el primo del General Gomez.

Ya en el bar “Bois de Boulogne” Mata Illas diría a Eustoquio Gomez: “General toda la ciudad está alarmada por esta diversión de ustedes y eso no conviene, ni a usted o al General Gomez. Yo espero -prosiguió Matos en tono conciliatorio-, que estimen justas y razonables mis insinuaciones retirándose”. Eustoquio mirando al otro con la turbia fijeza del borracho, contestó: “Tiene usted razón doctor Mata… y ya nos vamos, pero antes tómese una copa de champaña con nosotros”. A ello replicaría el Gobernador: “lo haré con gusto y además en obsequiarla”. Pediría entonces a Mariano (dueño del bar) que trajese mas champaña. Justo en ese instante Milton Martinez, uno de los acompañantes de Gomez gritó: “Viene la policía mi General Eustoquio… ¡Prepárese!”. Ante aquello el otro se levantó y sacando un revolver gritaría: “¡Usted me ha vendido doctor. Pero no voy a morir solo!” y ante el estupor de los presentes disparó varias veces contra el indefenso Gobernador de Caracas. Bárbaro ataque al cual se sumó el Coronel Isaías Niño quedando acribillado el cuerpo del Gobernador por aquella tremenda balacera.

Después de ultimar cobardemente al indefenso Mata Illas, Eustoquio Gomez huyó hacia El Valle, acompañado por sus cómplices, entre los cuales estaba el temible esbirro Eloy Tarazona apodado “El Indio”. Como es de suponer aquella salvajada de Eustoquio estremeció a toda Venezuela pero siendo el autor un primo de Juan Vicente Gomez, un lúgubre silencio envolvió a la capital en la tarde del 28 de Enero en 1.907 durante el entierro del Doctor y General Luis Mata Illas. A las 4 de esa tarde y en hombros de los Concejales saldría el féretro, entre dos filas de soldados, rumbo a la Esquina de Las Monjas. Una multitud se había congregado en la calle colmando no solo la Plaza Bolivar sino la parte norte del Boulevard del Capitolio. La tropa impedía el paso, pero la gente pugnaba por pasar y la confusión era casi total. Fue entonces cuando el Coronel Rafael Gutierrez, comandane del Batallón de Honor impartió una orden tan absurda que, de no haber sido por las tétricas circunstancias, habría sido hasta cómica: “¡Frente a la retaguardia!”. Por razones desconocidas los soldados automáticamente enfilaron sus bayonetas contra la multitud y, como era de esperarse, cundió el pánico. Todo el mundo echaría a correr arrollándolo todo incluso a los miembros del tren ejecutivo. En medio de un desorden total con desmayos, caídas y empujones hasta el Arzobispo de Caracas, Monseñor Castro vistiendo Mitra y Báculo debió refugiarse en una cantina cercana. En ese local, al lado de la Casa Amarilla y conocido como “La Glaciere”, le obsequiaron un brandy para que se recuperara. Quizas lo peor de todo fue que los propios “parihueleros” quienes sostenían el ataúd del difunto huyeron despavoridos dejando a ese férero abandonado en plena calle.

Como si aquel vergonzoso fiasco no hubiese sido suficiente todavía faltaba lo peor. El Prefecto Carvajal, nombrado Gobernador debido a lo sucedido, acudía presuroso a posesionarse del cargo cuando y justo al pasar frente al Telégrafo Federal caería fulminado por un infarto falleciendo en el acto. Sería designado como sucesor el Dr. Angel Carnevali Monreal y ello motivó al eternamente chistoso pueblo caraqueño para inventar este verso “Mataron a Mata Illas y se murió Carvajal. Tenemos ahora en capilla a Carnevali Monreal”. Mientras todo aquello sucedía, el sanguinario Eustoquio Gómez (quien se había refugiado en los alrededores de El Tazón) fue arrestado por una de las comisiones militares que le buscaban. Se cuenta que al verse cercado entregaría el arma homicida a un personaje conocido como “El Negro Irú” diciéndole “no me maten que yo me entrego”. Pero al poco tiempo aquel energúmeno y asesino, culpable de ultimar sin causa alguna al Gobernador de Caracas, sería “premiado” por su primo Juan Vicente Gomez con dos presidencias: la del estado Táchira y posteriormente la de Lara.

Así, de esa forma, mas trágica que cómica, ha sido gobernada Venezuela por tiranos de toda índole a través de su historia.

Rafael Sylva Moreno