Quinto Día Online | “ISLA DE MARGARITA”

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“ISLA DE MARGARITA”

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14 noviembre, 2013 | 8:37 pm

Mano de Dios abierta, a flor de agua!

Por llegarse hasta ti, el cerebro antiguo

hilvanó la leyendo de la Atlántida.

Acabo de llegar de Porlamar y todo mi orgullo oriental se acentúa ante el recuerdo de los paisajes más bellos que ser alguno pudiese captar.

Caminando por La Caracola en el día en que se produjo el anunciado eclipse de sol, una de las tantas observadoras que utilizaban sus lentes especiales para captar el fenómeno, espontáneamente me los ofreció para que pudiese deleitarme con el espectáculo. Cuando terminé mi trayecto y regresé al mismo sitio, la gentil margariteña que me había prestado el lente oscuro, me lo ofreció para que viera los cambios producidos.

El 15 de agosto de 1498 Colón “descubrió” a Margarita. Ya antes de pisar tierra había divisado tres islas, dos de ellas pequeñas y áridas (Coche y Cubagua) separadas por un canal de la tercera, que era mucho mayor, cubierta de vegetación y poblada de indígenas que la llamaban Paraguachoa, que significa “peces en abundancia”. Si bien Colón la denominó La Asunción, en 1499, Pedro Alonso Niño y Cristóbal Guerra la rebautizaron con el nombre de La Margarita, debido a la abundancia de Perlas.

Margarita fue erigida en Provincia en el año de 1525 y pasó a integrar la Capitanía General de Venezuela. En 1561 López de Aguirre, el célebre, “Tirano Aguirre”, tomó posesión de ella y creó justamente la leyenda de sus fechorías y la historia de la hija sacrificada. La independencia de la Provincia de Margarita fue proclamada el 4 de mayo de 1810 en virtud del movimiento de Juan Bautista Arismendi; pero es en el año 1864, en el que se le otorga el nombre de Nueva Esparta para homenajear el heroísmo de sus habitantes durante la guerra de la Independencia, calificado como “heroísmo espartano”.

Es indudable que ni la intensa inmigración del resto de Venezuela que ha recibido Margarita ha cambiado las características típicas a sus habitantes, pero hay algo que perdura y que seguramente no cambiará con ninguna transculturización por muy intensa que ésta sea, y es la cordialidad de los margariteños: el gesto de la muchacha que me permitió ver el eclipse, es un signo de lo que es el margariteño. Además el “margariteñismo” es contagioso y es así como todos los que son “absorbidos” por la Isla, que no podrán irse nunca más, actúan como ellos, en forma espontánea, desinteresada y cordial.

En estos momentos Margarita con todo el problema de las dificultades de comunicación aérea debidas a la incomprensible falta o deficiencia de los vuelos, es una estampa mágica del Oriente venezolano. Como por milagro, las calles lucen limpias y ordenadas; los perros realengos que tanto me torturaban en mis paseos por la Playas de El Tirano y Puerto Fermín parecieran haber desaparecido; las empanadas, que aún se pueden comprar a pesar del aumento de los precios, siguen tan deliciosas como uno se las sueña y es que la comida neoespartana, que se está fundiendo con las exquisiteces que aportan los “chef” extranjeros, ha creado la mejor cocina que se ofrece hoy en día en Venezuela.

Es cierto que los atractivos mercantiles del puerto libre han desaparecido: ya no se encuentran “gangas” pero a diferencia de ello, están presentes las vitrinas sofisticadas de la moda internacional. En contraste con toda esta exuberancia comercial siguen acogedoras la totalidad de las playas margariteñas: todas bellas y diferentes las unas de las otras.

Cada una de ellas, se enlaza con la poesía de mi padre J.M. Rodón Sotillo que tanto la amó, cuando dice:

Isla de Margarita,

Mano de Dios abierta, a flor de agua!

Por llegarse hasta ti, el cerebro antiguo

hilvanó la leyendo de la Atlántida.