Quinto Día Online | “Hildegard”
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“Hildegard”
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1 agosto, 2013 | 10:04 pm
Para algunas personas decir como se llaman, (hablo del nombre en sentido estricto, esto es, sin apellido alguno) es una cosa sencilla. Para mí, como para todos a los que nos ha tocado tener un apelativo que no se corresponde ni con el idioma, ni con el origen étnico, ni con lo usual dentro del medio en el cual se vive, sino que resulta exótico para ese mundo, era un verdadero drama.
Desde pequeña tuve que enfrentarme con tal situación y más de uno me preguntó si era maracucha, o bien, manifestó su extrañeza entre la sugestiva evocación de una valkiria, que el nombre produce y el contraste con mi menuda, morena y rizada presencia. Pues bien, a medida que fui adquiriendo mayores experiencias me enteré de que con tal nombre se quiso recordar a una Hildegart famosa, fallecida pocos años antes de mi llegada a este mundo. Se trata de Hildegart Rodríguez Carballeira, nacida en Madrid, un 9 de diciembre (yo nací el 5) destinada por su madre a convertirse en la “modelo de mujer del futuro”.
Para hacerlo, ya a los tres años se le había enseñado a escribir y, a los ocho, esas mismas enseñanzas le habían otorgado el conocimiento de seis idiomas. Su preparación profesional fue tan amplia y variada que a los diecisiete años termina sus estudios de Derecho y, un año más tarde, los de Medicina, a lo cual unía su condición de Secretaria del Partido Socialista Español.
Debemos señalar que ella vivió escasos 19 años de edad, por cuanto su madre, al considerar que se había desviado del camino que le había trazado, le disparó mientras dormía, tres tiros en el pecho y uno en la frente. A su muerte dejaba un patrimonio bibliográfico extenso, que versaba sobre temas relativos a la sexualidad y a múltiples problemas médicos y jurídicos relacionados con la mujer. ¿Por qué la mata su madre? Sería muy fácil simplemente aludir a su paranoia, pero hay algo más. En efecto, la madre fue una mujer que se reveló contra la condición de sus congéneres en la sociedad y decidió demostrar lo infundado de la discriminación frente al hombre, forjando una criatura que pudiera superar todo lo que una persona normal pudiese hacer en el plano intelectual. Es así como comienza la fabricación de su modelo, buscando el tipo de hombre que pudiese aportarle los genes apropiados para sus fines. Escoge a un sacerdote jesuita renegado, racionalista y analítico y una vez utilizado para su objetivo, prescinde de él al punto de que Hildegart solo tendrá contacto con su padre hasta los cuatro años en que su progenitora le prohíbe sus visitas, al estimar que podrían ejercer sobre ella una influencia contraria a sus cánones.
Estamos así ante la presencia humana de la figura legendaria de Pigmalión, el rey de Chipre que no pudo encontrar pareja, porque todas las mujeres le resultaban imperfectas hasta tal punto que, como lo narra Ovidio en “Las Metamorfosis” se fabrica un personaje que resulta ser una estatua.
Nadie como George Bernard Shaw podía darle modernidad al mito griego, convirtiendo en Pigmalión a un exigente profesor de fonética, Henry Higgins, quien logra convertir a Elisa, una ignorante vendedora de flores, en una refinada dama, capaz de dominar las sofisticaciones de la lengua inglesa y, termina enamorándose de su obra.
Pues bien mi nombre, que tantos sinsabores me produjo en mi infancia, me permitió con el tiempo disfrutar del efecto de la sorpresa que crea en quienes no pueden asignarlo a una pequeña criatura típicamente vernácula.
Afortunadamente mi padre – quien si bien quería hijos genios-, se limitó, sin embargo, con respecto a mi persona, a ponerme el nombre de la brillante y trágica muchacha española.