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Opinión

“Demasiado”

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28 julio, 2017 | 12:00 am

Hildegard Rondón de Sansó

Hay palabras que, de tanto oírlas, terminan por crearnos un fuerte rechazo podríamos decir algo así como que produce el efecto de “empalagarnos”. Eso es lo que me sucede con el término “demasiado”. Incluso, buscándolo en el Diccionario me resulta antipático, porque no aparece como una noción principal independiente, sino como una derivación de “en demasía” que alude a exceso, atrevimiento, insolencia. El hecho es que, “demasiado” es un adjetivo que alude a algo excesivo, algo que pasa los límites de la normalidad, que desborda la extensión natural de las cosas, cualquiera que ellas sean. De allí que, “demasiado” viene a ser lo contrario, de: “lo necesario”; “del nivel óptimo”, “de la cantidad exacta”; “de la exigencia natural”. Es decir, que “demasiado” es un término que alude a todo aquello que desborda los límites de lo bueno o de lo malo y, aunque parezca paradójico, “desbordar los límites de lo bueno también es malo”.

En el caso presente, mi decisión de escribir sobre “demasiado” es porque esa palabra se vincula con la realidad que nos rodea. En efecto, estamos en un país donde no pareciera que existan personas neutrales y, con ello, objetivas, capaces de explicarte los sucesos, así como de efectuar su interpretación con toda su veracidad, sin las influencias negativas del interés personal o de terceros, sobre los mismos.

Lo que hay es, por una parte, los graves problemas que nos afectan, esto es, los que, recaen sobre cada individuo y sobre su entorno, como lo son: la inseguridad personal frente a la delincuencia y a la agresividad de los grupos armados, sea cual sea el bando al cual pertenezcan; la falta total, o bien, la escasez de medicinas y, en el caso de los pocos fármacos que se consiguen, el aumento multimillonario de su precio; la carencia de alimentos y de productos de higiene personal y de hallárseles, su elevadísimo costo; la inflación galopante que impide que el presupuesto personal o familiar pueda cubrir la adquisición de los productos esenciales; el éxodo irrefrenable de los científicos y técnicos venezolanos al exterior, quedando cada vez más ruinosa la situación educativa y la de los sectores que requieren de especialistas y técnicos; y, el permanente estado de convulsión.

En contra de aquellos a quienes se acusa de no atender a los problemas que hemos enunciado, están quienes radicalizan su rechazo a la existencia de las situaciones aludidas, mediante una violencia permanente en las reclamaciones y en las protestas.

Por lo que atañe a la conducta del resto de la población, cualquiera que sea su ideología, en su inmensa mayoría, se caracteriza por alimentarse del odio más extremo o de la más extrema simpatía para apoyar o rechazar según la postura sostenida.

Narrado lo anterior entenderán la razón por la cual me obsesiona la palabra “demasiado,” porque es la que define a la mayoría de las personas y de los grupos que nos rodean: Es una Venezuela de sentimientos extremos, al punto de desbordar los límites de lo bueno y de lo razonable.

Es necesario con urgencia buscar un punto de acuerdo y de sensatez que se empeñe en paliar o eliminar los graves problemas enunciados y, aceptar un diálogo real y efectivo, sinceramente destinado a eliminar lo que hoy se manifiesta en “demasía”.