Quinto Día Online | “Consideraciones sobre la hallaca y sus símiles”
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“Consideraciones sobre la hallaca y sus símiles”
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Quinto día Old
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13 diciembre, 2013 | 12:12 am
El artículo periodístico más apropiado para esta época del año, no puede ser otro que uno referente a la hallaca, porque en este delicioso manjar se condensan no solo el sentido de las festividades durante las cuales la misma se prepara (Navidad y Año Nuevo), sino todos los signos representativos de nuestros orígenes. En efecto, los grupos étnicos que conformaron nuestra entidad figuran en ella: el maíz, que es el símbolo de la cultura indígena-americana; el envoltorio, constituido por la hoja de plátano que recuerda las extensas plantaciones coloniales y, los condimentos del guiso, donde el exotismo de la aceituna y de la alcaparra hacen estar presentes a los frutos característicos de la culinaria ibérica. Pero no solo eso representan las hallacas, sino que considero que la elaboración y los resultados que de la misma derivan constituyen un símil innegable con las condiciones y logros de nuestras vidas.
En la existencia de cada uno de nosotros se necesitan una serie de elementos que tienen que coexistir para que la misma sea exitosa o por lo menos soportable. De allí que no basta con que dispongamos de muchos aspectos satisfactorios; sino que la felicidad solo se logra cuando están todos presentes ¿Cómo es esto posible? Para demostrarlo hay que hacer el símil con la hallaca.
¿Qué es lo que hace deliciosa o apetecible una hallaca? Pues, obviamente, el “relleno” o “guiso,” lo que las hojas y la masa custodian. Es indudable entonces que, si todo está bien, pero el quiso es desagradable, insípido, demasiado salado, o con sabores ajenos al condumio específico, el mismo es desechable.
Ahora bien, ninguno de los otros ingredientes escapan a esa misma regla: el guiso puede ser exquisito, pero si la masa queda “aguada” o demasiada dura y carente de flexibilidad, todo está perdido.
En el mismo sentido opera la hoja, que debe ser impecable: fresca, bien asada, flexible y sobre todo, limpia al extremo. De allí que un guiso exquisito dentro de una cobertura de masa impecable será incomible, si las hojas le han negado su consistencia y su aroma.
Pero aquí no cesan las exigencias, sino que el “amarre” de la hallaca debe ser perfecto: el pabilo ha de sentirse firme, sin llegar a penetrar en el cuerpo de la hallaca; pero ha de aguantar su peso y su consistencia.
Después vienen algunos “detalles” que no por ser tales son intrascendentes, como lo es la forma y tiempo de cocción, cuyos defectos pueden arruinar el proceso y el producto final. No olvidemos además los “adornos” que, no por llamarse así, dejan de ser esenciales: la rodaja de pimentón; los pequeños cortes de jamón; las aceitunas y las uvas pasas, cada una de las cuales deben ser perfectos en su forma y presentación y, hasta la humilde semilla de onoto será esencial para darle a la masa el color que se consustancia con su identidad.
Pues bien, la felicidad se parece bastante a esta exigencia de perfección de todos y cada uno de los elementos que la constituyen, unido a lo cual está lo más importante, el “animus” del que la consume, que debe ser laudatorio, amigable.
¿No les parece que hay un símil muy grande entre la hallaca y la política, la hallaca y la amistad, entre la hallaca y el afecto?
La “moraleja” es que, para que las cosas resulten exitosas tienen que estar muy bien hechas; previamente planificadas en todos sus elementos reunidos en una conjunción de tecnicismo y amor. Solo con esta fórmula mágica podemos enfrentar los errores y los imprevistos, convalidándoles, si fuere posible, o adaptándonos a su ausencia.