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Confesiones de Carlos Croes

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24 junio, 2016 | 12:00 am

Los honores ni se buscan, ni se renuncian

El periodista ganador del Premio Nacional, lo había logrado en 1982, junto con la Orden Isabel la Católica, entregada por el Rey de España en 1985 y sigue siendo el mismo trabajador sin descanso

La prensa no es para tumbar gobierno, pero sí para criticar al poder y luchar contra tentaciones totalitarias de los gobernantes

El periodismo tiene el deber de informar y su peor defecto es la soberbia y la envidia, como su mejor virtud es la humildad y el respeto a la condición humana

O nos entendemos o vamos al desastre

El deber del Gobierno es fortalecer los medios y no asfixiarlos

Carlos Guillermo Ortega

Director encargado de Quinto Día

Carlos Croes fue fundador de Quinto Día y en su primera entrevista para la presentación del Semanario, declaró que sería un instrumento por excelencia para la información plural y tolerante.

Hoy lo repite frente a un grupo de estudiantes que lo entrevistó sobre el galardón que recibe el próximo lunes.

El Premio Nacional de Periodismo es el reconocimiento a la trayectoria y la visión plural de su programa Diálogo Con…, que transmite desde hace más de 25 años el canal Televen.

Antes, había sido Jefe de Redacción del diario El Universal, cargo que dejó después de casi 25 años para aceptar el cargo de Cónsul de Venezuela en Nueva York y tras dos años por el Ministerio de Información, donde sustituyó a otro gran comunicador Alberto Ravell.

Fueron dos años duros para alguien que nunca había cohabitado con la política y menos con lo que significa el oficio público en una sociedad donde afloran sectores hipócritas y oportunistas, y donde tus enemigos ni siquiera conoces.

Pero Carlos Croes, con esa forma de ser pudo sortear. Un amigo suyo como Walfred Abraham Veitía, lo llamó “un gran amigo y mejor profesional, siempre dispuesto a la solidaridad humana”.

Tras dejar la función pública, recibió reconocimiento de tres colegios de periodistas y una promoción juvenil llevó su nombre.

En 1982, ganó, por primera vez, el Premio Nacional de Periodismo, que compartió con el gran Óscar Guaramato, para entonces Jefe de Redacción de El Nacional y Maestro de maestros.

“Para mí fue un orgullo estar junto a Óscar”, declaró entonces Carlos Croes.

Rafael del Naranco, otro comunicador de gran valor y honestidad, celebra hoy el premio a Croes, porque como lo dije en el libro que me tocó prologar, todas las entrevistas no revelan sino el gran esfuerzo de Carlos Croes en su “tremenda labor, conciencia de país y, ante todo, la demostración de estar ante uno de los mejores comunicadores que ha tenido Venezuela”.

Carlos Croes lo ha dicho cada vez que tiene oportunidad de presentarse dentro y fuera del país.

“No sé si cuando abrí los ojos vi frente a ellos un periodista. Lo que sí sé es que cuando este oficio de comunicar me atrapó, apenas comenzaba mi adolescencia”.

Y nada fue en vano.

Hoy Croes recuerda lo que el viejo Núñez le dijo cuando lo envió a Madison, Wisconsin, para el curso de Opinión Pública que dirigía él para el inolvidable decano Sheik.

Le preguntamos qué aprendió de esa cátedra.

“Responderte lo que me dijo un mexicano que compartía conmigo y otros latinoamericanos. Aprendí a saber quién era Walter Lippmann y sus denuncias contra la desinformación de los periódicos norteamericanos de la época y como 4 años antes de morir, todavía recomendaba en sus charlas de Wisconsin, ejercer un periodismo distinto a la calumnia y la duración, y evitar las acusaciones sin fundamento”.

Hoy, cada vez que escribo una nota, recuerdo al viejo maestro neoyorquino con la misma admiración que recuerdo a otro de mis grandes maestros, el venezolano Héctor Mujica y al no menos admirado Alfonso Rumazo González.

Aprendí con ellos que la Opinión Pública no es patrimonio de una clase o de un sector. Y menos de un gobierno, llámese autoritario o democrático. Somos todos. Si todos nos expresamos y somos capaces de entendernos y respetarnos, seremos opinión pública.

Cómo debe ser el periodismo de hoy, preguntó uno de los estudiantes de la Universidad Santa Rosa.

-Déjame decirte esto. En una sociedad confrontada, la primera baja es la verdad. El periodista de hoy debe aislarse de esa guerra. Debe evitar una bala fría. Y cómo logrará ese reto. El único camino es el de ser un militante de la realidad.

Lo contrario es creerse dueño de la verdad y terminará como instrumento del sectarismo y la mentira.

Qué otra condición se requiere del periodista de hoy.

Lo digo sin ostentación. La mejor virtud está en el trabajo, en la humildad y en la tolerancia como ideología personal. Y en la búsqueda de la aproximación a la verdad, sin caer en la irresponsable inmediatez y deformación de la noticia. Los políticos tienen sus comunicadores y están en su obligación, pero la sociedad necesita de buenos profesionales. Y un buen profesional es el que informa y no discrimina. El que ofrece la posibilidad a todos de expresarse.

Un periodista, y esto lo digo siempre, no es juez para sentenciar. Ni fiscal para acusar. Ni policía para apresar a nadie. No nos creamos poder. Estamos entre grandes poderes. El político y el económico. Como decía el gran Paco Umbral, ‘somos a veces beneficiarios de las migajas de libertad’.

No nos creamos sabios. No lo somos.

En definitiva, no nos creamos la última Pepsi Cola del desierto.

¿Y frente al gobierno?

Los periodistas somos anti poder, pero no estamos para tumbar gobiernos. Estamos para criticar lo malo y no tener complejo en reconocer lo bueno.

Eso sí, debemos tener el valor para denunciar las tentaciones totalitarias en cualquier gobernante. El peor error de un periodista es la envidia y la mezquindad. Es también el sectarismo fundamentalista.

Ya sabemos cómo terminan los fundamentalísimos.

Esto es válido para los líderes del poder político o económico. Gobierno u oposición.

La responsabilidad de un gobierno está en fortalecer los medios, no en asfixiarlos o tratar de arrodillarlos en nombre de un autoritarismo que al final es totalitarismo. La relación con los políticos, cómo la concibe, no es simple retórica. En la sociedad es el respeto, la tolerancia y el diálogo sin el entreguismo nocivo. Nuestro papel es el de la comunicación y de ser mensajeros de lo que la sociedad nos impone. El deber y la lucha por los derechos de los menos privilegiados.

Nos llamamos guardianes sociales, pero no debemos olvidar que tenemos que mirarnos hacia adentro. A veces nuestros defectos son peores.

La relación con el poder no es fácil. Lo será peor, si ese poder predica la doctrina enfermiza de la hegemonía. Eso ya no es democracia. Una libertad con torniquete es dirigida a fracasar y a dejar la peor herencia para los ciudadanos.

¿Y qué nos dice del Premio?

Los premios ni se buscan, ni se renuncian. Y tener presente que es mejor un periodista respetado, que temido e ignorar lo que el profesor español Gala llama ‘periodistas necios’.

Los cuatro miembros del jurado son profesionales. Creo que no sólo en mi caso, los colegas que tienen el reconocimiento tampoco lo buscaron. En buena hora yo los felicito. Y los invito a seguir adelante. Así podríamos ir al reencuentro de una patria para todos.

Y unas recomendaciones finales para los nuevos reporteros. Desconfíen de los informantes espontáneos y siempre piensen en lo que hay detrás de cada información que estos suministren.
No asuman la inmediatez como doctrina. Investiguen antes de iniciar cada noticia.
No crean que lo saben todo y no demos la razón a un columnista español muy crítico con el periodismo de su país, cuando definía al periodista como una persona que anda por España escribiendo de todo, sin saber de todo y lo hace habitualmente borracho. Por eso, finalizaba Manuel Vicent, “yo prefiero decir en mi casa que trabajo en un burdel”. Claro digo yo, Vicent era un resentido muy molesto por las críticas a su partido socialista.