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Crónica

En la Penitenciaria General de Venezuela los privados de libertad no están uniformados, la mayoría usa ropa de marca y en algunos de sus cuellos cuelgan granadas y sobre sus brazos un fúsil, que mantiene en vilo a los guardias que los custodian

Saliendo de Caracas, a unas tres horas en carro, en San Juan de Los Morros, estado Guárico, se encuentra la Penitenciaria General de Venezuela (PGV), símbolo de lo que debería ser la entrada al siglo XX de una política de modernización del sistema penitenciario del país.

Inaugurada en 1947, está obra significó la renovación arquitectónica de las centros de reclusión venezolanos, sin embargo, 69 años después lo que debería ser la cárcel más moderna del país cuyo sistema penitenciario permita la rehabilitación social de los delincuentes, se ha convertido en una deteriorada infraestructura a la que el tiempo le ha pasado factura. La mala administración del Estado, los motines y el cuidado que le han dado sus detenidos la han convertido en lo más parecido a una ‘universidad para la delincuencia’. Sólo hace falta una breve visita para tumbar el estereotipo impuesto por el Ministerio de Asuntos Penitenciarios acerca del sistema penal.

Así se evidenció en una visita realizada una tarde de mayo, este mismo año, en las que el sol inclemente de Guárico entrañaba una temperatura por encima de los 30º C. Aquella calurosa tarde a las afuera de la PGV, una larga cola de mujeres cargadas con enceres y maletas aguardaba ansiosamente su turno de entrada. Era miércoles de visita y sólo las féminas podían entrar, algunas incluso quedarse hasta el fin de semana, por lo que ni para los guardias ni para los familiares era de extrañar aquel desfile de mujeres con atributos operados, vestidas provocativamente como quien va para una discoteca un viernes por la noche.

En la entrada, una cerca larga de rejillas metálicas se alzaba ante los visitantes y a pocos metros una fila de mesas de hierro con varios guardias parados a los costados se hacía intimidante. Las mujeres pasaban de cuatro en cuatro y colocaban sus bolsos sobre la mesa. Un guardia por mujer, metía la mano, revolvía todo lo que había adentro y les dejaban pasar: “Vayan pa’ dentro…”.

Luego de atravesar el primer punto de control, está la entrada del penal. Varios guardias la custodian. Al ingresar, del lado derecho, un guardia les quita la cédula, mientras que del lado izquierdo dos femeninas paradas cada una en la entrada de un cuartico, aparentemente en ruinas, aguarda a que las mujeres de una en una vayan entrando a quitarse la ropa. Al salir de allí, una puerta azul clara separa a los presos de la tan ansiada libertad.

Un guardia custodia la última puerta, la abre y la cierra cada vez que una mujer entra. Al pasar el escenario cambia de color, y lo que se ve va más allá de lo que se puede imaginar. No parece un penal, mucho menos un lugar para la rehabilitación social. La PGV es una mini barriada.

Un “mundo” dentro del penal

Cuatro hombres armados hasta los dientes vigilan del otro lado la misma puerta -mejor armados que los guardias-. Te miran con firmeza y tienen a flor de piel el poder que les transmite estar ‘armados con libertad’ dentro del penal, pero privados de ella del otro lado de esa puerta. También están allí los carretilleros, quienes se presentan como los que ayudan a los que entran a cargar con el peso que llevan en los brazos. No piden dinero y tampoco quitan comida, sólo tienen la obligación de ayudar a quienes entran.

Al dar los primeros pasos dentro del penal, una edificación corroída por los años, el sol y la lluvia sirve de techo a quienes no pertenecen al “mundo”, es decir, aquellos que no se la llevan bien con el resto de la población penitenciaria, ellos suelen ser los excluidos, los policías o funcionarios que son detenidos, los que no tienen derecho a nada. Andan como zombis deambulando por los pasillos.

Unos pasos más allá y entras al “mundo”, allí cuartos improvisados con madera, zinc y bloques sirven de casas para los detenidos. Quienes tienen más poder, gozan de ciertos privilegios como habitaciones de cemento con aire, televisor, cocina, nevera y cable.

Es fácil distinguir a los reos, quienes portan armas son los luceros, cuidadores del pran. Ellos se visten de marca, usan cadenas de oro, portan un arma de fuego en la cintura, algunos incluso llevan dos, también cargan consigo un fusil, muchos incluso tienen granadas colgadas en el cuello. Quien no carga un arma camina con un cuchillo en la mano. Tampoco todos están armados. Dentro del recinto nadie porta un arma al menos que el pran lo autorice.

En el patio, una tarima se alza con el nombre “Tren del Sur”, al ritmo de un estridente vallenato se reciben las visitas. Puestos con comida, agua y enceres se pueden ver por todos lados.

Un poco más allá, a lo profundo del penal, otro edificio se alza protegido por más de 16 hombres armados. Esa es la residencia del pran, que posee una piscina tipo tanque dispuesta para los niños.

Los días especiales del año son celebrados a lo grande, familias enteras se trasladan sólo con la intención de ser merecedores de uno de los premios rifados por el pran. El Día de la Madre, por ejemplo, se rifarían desde cocinas, neveras, aires acondicionados y hasta motos. Familiares afirman que gran parte de “la causa” que pagan (dinero que deben cancelar los detenidos por estar allí) es usado por los pranes para realizar este tipo de fiestas, hay quienes afirman que también se usa para adquirir cisternas con agua o camiones de cemento, pues una vez adentro sólo deben sobrevivir, apegarse al sistema impuesto por los pranes y nunca, jamás, meterse con lo que no les pertenece.

Miedo a la luz

Entras con la intención de hacer preguntas para conocer el penal, pero las imágenes que ves hablaban por si solas. No es de llamar la atención que quien visite la PGV vea detenidos que usan camisas de vestir y corbata. Si acudes a la penitenciaria por primera vez y se te ocurre preguntarle a un preso por qué hay reos que visten así, probablemente éste te miré con incredulidad antes de contestar, allí no está permitido hacer preguntas. Pero si quieres saber quiénes son los corbateros pues “son los que no tienen familia, ni conocidos, se visten así porque pertenecen al grupo de los que no tienen como pagar la causa, por lo que trabajan botando la basura, cargando tobos de agua y haciéndole mandados al resto de los detenidos. Esa es su manera de ganarse el derecho de estar allí”, comentó una de las mujeres que visitaba a un familiar.

Este penal funciona con su propio sistema. El pran es la autoridad, el dicta las leyes, lo que no es muy diferente al resto de los penales del país. Los guardias sólo cuidan las puertas, sus caras evidencian el nerviosismo de quien cuida un lugar que es una bomba de tiempo. Tienen armas y municiones para desatar toda una guerra contra los custodios.

Las mujeres y los niños pernoctan ahí por días, hay quienes dicen que es más seguro estar allí adentro que afuera. “Cuando te portas mal el sistema te castiga, así es aquí. Comerte la luz te puede costar la vida”, comenta un detenido.

El miedo sólo se apodera de los presos cuando encienden la luz, esa es la jerga criminal que les advierte cuando algo malo estar por venir. La idea que tenían en 1947 de una cárcel en Venezuela, es sólo un estereotipo que quedó en la historia, y la PGV así lo evidencia. No son solamente las armas y los ranchos improvisados con todos los lujos, son también los restaurantes, los puestos de comida, la tarima tipo espectáculo en el medio del patio, los animales de zoológico deambulando libremente y hasta la leona que tienen de mascota, lo que pone al descubierto las mini barriadas que existen dentro de los penales venezolanos.

Leni Ramírez

@leniramirezd