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Comienzo este artículo con sinceras disculpas al público lector por venir a estas alturas a ventilar problemas personales o casi mediante una tribuna pública. ¿Pero la culpa del problema que voy a plantear no es del lector que ha sido indiferente al libro por muchos años. Aquí surge el tramo en que la crítica se convierte en autocritica. Ningún órgano de prensa sostiene en Venezuela hoy, ni la ha sostenido jamás, una sección dedicada a la crónica competente, profesional del libro como vehículo cultural.
Las dos últimas páginas de Le Monde Diplomatique consagradas por entero a la crítica de los libros de reciente aparición no existen en ningún periódico venezolano. Aquí el libro no va a desaparecer, tragado por internet, por facebook o por twitter, porque el libro en Venezuela jamás existió. Si hay un país indiferente al libro es Venezuela el más indicado. Aquí los escritores inspiramos lastima o fastidio. A Cervantes Saavedra se le hubiera condenado no por supuestos delitos sino por la tontería de escribir un libro. La diferencia con la vecina Colombia es abismal.
Aquí los escritores no levantan el respeto público, por el contrario suscitan la conmiseración nacional. En días pasados Manuel Vadell que es tan mal negociante y tan honesto ciudadano que mantiene la editorial que fundara –oh milagro- hace veinte años y visita al Presidente de la República para algo tan inútil y contraproducente en Palacio hoy y siempre como una lista de ladrones del erario público me comento: “Si en Venezuela no imperara la abulia que siempre inspiró el libro, estas cosas las diría o las escribiría el redactor de Quinto Día encargado de la sección permanente de libros”. Por desgracia aquí no tenemos un New York Book Review como la tiene el New York Times o Le Monde, entonces el registro de libro tenemos que hacerlo los propios autores, es inevitable y hasta ridículo pero ineludible. Como lo estoy haciendo yo mismo en este momento. Cuando me transmiten alguna inquietud, sobre el enriquecimiento de Vadell o Fausto Maso, editores de libros míos en los últimos años, contesto con fulminante rapidez: no sabían que eran tan tontos para dedicarse a editar libros teniendo en este gobierno, el más corrupto de la historia de Venezuela, con cualquier contrato el medio de hacerse multimillonario como ha ocurrido con los dirigentes del PSUV.
Acaba de aparecer un libro mío, editado por el Vicerrectorado Académico de la UCV, donde soy profesor desde hace más de medio siglo. Nadie de esa Universidad, en tal lapso, salvo el hoy difunto Maza Zabala cuando fue decano o desempeño la dirección del instituto de investigaciones económicas de la facultad de Economía, me ha pedido le ceda los derechos de autor de un libro mío. Sería yo una mina, lo digo ahora sin sonrojo. Media o medio durante decenios una afinidad ideológica que propiciaba todas las aproximaciones. Sin embargo, la curiosidad y el interés porque la Universidad publicará el libro que acaba de aparecer-
Pancha, La Roja- que es su título, tocaron a Gladys Fernández, directora de Administración del Rectorado y universitaria sin mancha y sin ofensa como el caballero legendario. Pancha la roja, narra el caso del libro para el cual no hay comentario o glosa, favorable u hostil en una prensa que no tiene crónica sobre esta materia, tengo yo que pasar la vergüenza de improvisarme como crítico de una obra que deben comentar o glosar otras personas. Si entre periódicos de los cuales soy colaborador hubiera secciones permanentes sobre libros recién editados o recién importados a Venezuela, no me vería yo en el trance de caer en esta dualidad de autor y crítico que, desde el ángulo moral, es incompatible. Pancha la Roja narra y analiza el caso de una mujer excepcional que trabajo como una negra, como se decía en otros tiempos, para pagar las deudas dejadas por su padre quien por excesos derivados de su flaqueza ante el juego y la bebida, se vio forzado por la desesperación a quitarse la vida en el Tovar de mi infancia.
Mi propio padre contribuyo a resolver el problema adquiriendo una de las fincas que dejará el occiso por cuya vida y cuyos hijos toda la colectividad sentía alto y justificado aprecio. El drama del jugador que vuelve a la mesa de juego porque cree, de manera sincera o como biombo para refugiar su impotencia moral, que un próximo turno de baraja o de fichas traerá la fortuna que no le haya sonreído. Ese camino es el tremedal que como en la llanura limite se traga al ganado que se hunde desesperado chapoteando en el barro tremebundo. Pancha, comunista de convicciones no pensó en venderse al gobierno de turno o de poner en el mercado de las conveniencias políticas su ideológica y su moral, resolvió el problema que le planteaban las deudas dejadas por su padre de la manera más gallarda y recta, trabajando a fondo en el consultorio odontológico que recibiera como herencia. Así procedían los comunistas de hace medio siglo, acentuando su trabajo, como lo habría hecho Carlo Marx, de un comunista de estos tiempos menguados tengo dudas acerca de los métodos que emplearía para salir del atolladero. El comunismo ha sufrido, como todo ser viviente, las transformaciones que le imponen la naturaleza y la sociedad donde vive y actúa. El comunismo no es hoy, y no puede ser el mismo de medio siglo atrás, como el comunismo europeo de 1945 no era, no podía ser el mismo que había dirigido el camarada Lenin. No se vive con impunidad en una sociedad burguesa, aspirando la nausea moral que allí se transpira, el comunismo en la medida en que actúa en la vida parlamentaria, tiende a cretinizarse. El parlamento es el burdel de las sociedades burguesas como la judicatura es el garito y el gobierno el bar de las mismas sociedades. El comunismo no es igual antes y después de haber vivido experiencias parlamentarias porque en las aguas pútridas y cenagosas de tal vida solo prospera la miseria moral.
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