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EL TESORO DEL INDIO TARAZONA

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13 noviembre, 2014 | 5:10 pm

Corría el año 1952 y en el Teatro Nacional de Caracas un nutrido público se maravillaba contemplando las esotéricas proezas de un enigmático personaje. Delgado, de rostro inescrutable y mirada penetrante, su presencia en el escenario atraía casi todas las miradas mientras llevaba a cabo impresionantes hazañas de magia e hipnotismo. Y no era para menos pues se trataba del famoso ilusionista mundialmente conocido como Fassman, de mente privilegiada, era capaz de leer a distancia una carta nunca vista. Hipnotizar a cualquier persona haciéndola retroceder hasta le época de su infancia. Adivinaba el contenido de un bolso sin tocarlo y podía desnudar el pensamiento de todos con la fuerza de su mirada. Aún así, muchos en el teatro no dedicaban toda su atención al mago y a cada rato miraban de reojo hacia el palco donde se encontraban dos personajes que sobresalían entre el público. Y no era para menos, pues se trataban del Comandante Pulido Barreto, Director de Armamento en el régimen de Marcos Pérez Jiménez así como Fortunato Herrera, mejor conocido como: “El Platinado” testaferro y hombre de confianza del dictador. Ambos estaban allí, no para entretenerse sino a fin de evaluar la personalidad y dotes hipnóticos de Fassman con la idea de hacerle luego una insólita propuesta.

Ya finalizada la función, los dos altos personajes acudieron al camerino del mago argentino y exigiendo absoluta discreción, le confiaran que se requerían sus habilidades para que hipnotizara a cierto personaje quien por aquellos días se encontraba prisionero en la Cárcel Del Obispo. La idea era que ya magnetizado, revelara dónde había enterrado un fabuloso tesoro. Atónito, Fassman se enteró que el individuo en cuestión era nada menos que el notorio Eloy Tarazona, mejor conocido como “El Indio”, principal guardaespaldas y Jefe de Seguridad de Juan Vicente Gómez. Sin salir de su asombro el mago no sabía cómo responder a tan increíble propuesta. Pero si bien dudó algo al principio luego lo pensó mejor tomando en cuenta, no solo una alta suma que le pagarían sino lo peligroso que resultaría negarse ya que era el propio General Pérez Jiménez quien se interesaba en el asunto. Aceptada la misión y rigurosamente escoltado, Fassman acudiría poco después junto con Pulido Barreto a la tenebrosa Cárcel del Obispo. Allí, el Director de ese penal le condujo hasta el calabozo donde se encontraba recluido Eloy Tarazona.

Aquel hombre que durante la férrea dictadura gomecista había sido uno de los más temidos personajes en toda Venezuela, lucía envejecido y encorvado. Un preso más que se paseaba por la estrecha celda murmurando incoherencias, pero Fassman de alguna forma logró captar su atención y media hora después parecía que Tarazona había caído bajo el influjo hipnótico del mago argentino. Empleando todos sus recursos de encantamiento le inducía repetidamente a regresar en el tiempo hacia Maracay de los años 30 con la finalidad que revelara dónde se encontraba enterrado el valioso tesoro. Con voz queda y temblorosa Tarazona finalmente admitió estar en comunicación con el espíritu del difunto General Gómez, dueño de las fabulosas riquezas que se habían ocultado. Mientras Fassman sintiéndose en pleno dominio de la voluntad del otro continuaba interrogándolo, El Indio comenzaría a pasearse de lado a lado musitando palabras ininteligibles en voz queda. Luego tomaría asiento en el piso y con brazos cruzados por sobre las rodillas, en posición que adoptan los “piaches” cuando desean rechazar los malos espíritus, se quedó mirando fijamente a Fassman; éste revelaría posteriormente que aquellos ojos intensos, vidriosos y gélidos como de un reptil, le helaron la sangre. Comenzó a entender a qué se debía la temible reputación del esbirro de Gómez y cuando Tarazona se dedicó a murmurar incoherencias con voz burlona se dio cuenta que más bien era ese ladino personaje quien hábilmente le había estado manipulando a él. En su fuero interno, el argentino reconocería posteriormente que jamás en toda su carrera se había encontrado con una voluntad tan siniestra como difícil e impenetrable.

De origen colombiano, Eloy Tarazona había sido reclutado en su juventud por Santos Matute Gómez y se dice que el propio Juan Vicente le seleccionó para que fuese su hombre de confianza y guardaespaldas. También adivino, enfermero, cocinero y espía del dictador. Según cuenta la fabula del tesoro, cierta noche y siguiendo órdenes de Gómez, el Indio había llenado tres urnas de las grandes con barras de oro sólido, esmeraldas provenientes del Muso, brillantes extraídos del Caura, Perlas de Cubagua, bolsas de morocotas de oro y “pachanos”. Tan cuantiosa fortuna sería llevada a los terrenos de una hacienda en cierto lugar del Estado Aragua, para ser enterradas al pie de un Samán. Luego, Tarazona hizo ejecutar a los siete soldados que le habían ayudado. Después de la muerte del Dictador y expulsado “El Indio” del país, el primer presidente interesado por aquel “Tesoro Enterrado” fue el General Eleazar López Contreras quien haría regresar a Tarazona y con los datos suministrados por él, hizo que se movilizaran técnicos del Ministerio de Minas para excavar distintas zonas agrícolas y terrenos de haciendas en Aragua y Carabobo. No encontraron nada y El Indio daría como excusa el no poder recordar “dónde” estaba el sitio exacto de aquel: “Entierro”. Nuevamente sería expulsado hacia Cúcuta. Luego y durante la presidencia del General Isaías Medina Angarita, cierto funcionario del régimen supo por boca del propio Tarazona que el Tesoro estaba enterrado en un triangulo formado por tres Samanes. Ello bastó para que se le encargase al Capitán de Aviación, Arnaldo Pacanins sobrevolar todas las haciendas en esos estados en búsqueda de tres arboles samanes que formasen un triangulo. Localizado el sitio, la zona en cuestión fue cuidadosamente excavada pero sin hallar tesoro alguno. Tarazona sería nuevamente expulsado del país. Con el advenimiento de Pérez Jiménez, El Indio pudo regresar a Venezuela y cobrando nueva vigencia el asunto del tesoro se daría inicio a otra frenética operación de búsqueda. Una que desbordó los límites de Aragua y Carabobo extendiéndose al Guárico, Los Teques, Las Adjuntas, San Joaquín e incluso llegando hasta Macuto. Pero el fabuloso entierro seguía sin aparecer y Pérez Jiménez, indignado, ordenó que Eloy Tarazona fuese nuevamente a la cárcel. No mucho después, el enigmático indio falleció llevándose consigo el secreto.

A lo mejor nunca hubo tal “entierro de tres urnas” repletas con riquezas del tirano Juan Vicente Gómez. Pero y de haber sido cierta aquella leyenda, nunca se logró averiguar nada acerca de su paradero. Tampoco del sitio donde fue sepultado El Indio Eloy Tarazona, uno de los personajes más siniestros de las muchas dictaduras que desde la Colonia han plagado a Venezuela.

Rafael Sylva Moreno

insolitouniverso@hotmail.com

Ilustración: Sara Viloria